lunes, 18 de junio de 2007

Un culo bien educado





Dicen que la importancia o significado de un minuto depende de que lado de la puerta del baño estemos. Esto se resuelve de manera sencilla si uno vive solo o tiene una familia pequeña. La cosa se complica cuando todavía se vegeta bajo el yugo familiar y se tienen más de 5 hermanos. En este caso hay que acostumbrarse a sacar número, esperar turno, y a apretar bien las nalgas.
Con el tiempo, el organismo se acostumbra y fija ciertos horarios. “Yo voy siempre a la misma hora, como un relojito”- se suele repetir en esas conversaciones sobre filosofía de tocador. Si se es regular, todos los días a la misma hora recibimos el llamado del inodoro y nos entregamos al placentero ritual –cuando no se tiene hemorroides o se está seco de vientre- de eliminar los desechos sólidos. Para hacerlo, en general preferimos el baño de nuestra casa, lugar que para algunos puede representar mucho más que un simple “desechadero”. Para los hombres en particular es una especie de santuario Zen o templo budista, en el cual se puede leer, pensar, reflexionar sobre la vida y hasta alcanzar el nirvana. Es un espacio privado que vamos moldeando de acuerdo a nuestro carácter rectal. De allí que si estamos fuera de casa, muchas veces nos aguantamos hasta llegar a la “entrañable” morada.
La influencia monopolista de nuestro baño es tan fuerte que sentarnos en baños públicos nos cuesta horrores. Es como traicionar a nuestro mejor amigo. Puede parecer muy burgués, pero ya sea en una estación de servicio, la facultad, una oficina pública o la terminal de ómnibus, la idea de pasar un tiempo sentado sobre una taza popular de dudosa- generalmente inexistente- limpieza, en la que cientos –y tal vez miles- de personas han excretado lo suyo, no resulta muy seductora. Además, estos escenarios suelen estar todos meados, cagados y con papeles usados por todos lados (los basureros siempre rebosan). Pero lo cierto es que cuando nos “apuran las tripas” somos capaces de sentarnos en cualquier lado. Aunque hay personas que pueden llegar a niveles inimaginables. Se aguantan dos o tres días tranquilamente (en un campamento de fin de semana en Ituzaingó, o semana santa en San Ignacio, por ejemplo) como si no les molestara suprimir esa necesidad fisiológica o simplemente se olvidaran de ella por unos días. Luego nada más la dejan retornar a su ciclo habitual, aumentando las visitas al inodoro. “La clave es comer poco y pensar que pronto volveremos a casa” –señalan algunos expertos.
También resulta raro hacerlo en casa ajena. Si somos bien educados según el fundamentalismo kistch, nos aguantamos y listo, sobre todo si se trata de gente que recién conocemos. Justamente, tener un “culo bien educado” pasa por no hacerlo en cualquier lado y a cualquier hora. No obstante, a medida que nos acostumbramos a los lugares (casa de amigos/as, novio/s/a/s, amantes, suegros, parientes en general, trabajo, escuela, facultad, etc), particularmente nos vamos acostumbrando al baño, como si lo fuéramos aceptando, hasta que finalmente nos soltamos, nos dejamos ir por el desagüe ajeno, y poco a poco el culo se nos va deseducando. A veces el proceso no es tan lento, y a falta de costumbre uno sencillamente no puede retenerlo más. Entonces no nos queda otra que aceptar que se nos deseduco el culo.
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